Ignacio Navarro

CUATRO HORAS DAN PARA MUCHO

En sus inicios el séptimo arte se manifestó sobre todo mediante breves experimentos que pretendían maravillar con la invención de la imagen en movimiento sin marear ni fatigar demasiado al alucinado espectador. Pero enseguida se incorporó una narrativa más convencional y se estableció progresivamente la duración media de una película en torno a la hora y media, estándar que sigue vigente en la actualidad. Con todo, como excepción que siempre existe a toda regla, prácticamente desde los inicios se produjeron igualmente filmes que desafiaban la capacidad de aguante de la vejiga humana y con ello la posterior máxime de Billy Wilder, como Intolerancia (D.W. Griffith, 1916) o Avaricia (Erich von Stroheim, 1924). Títulos absolutos y contundentes que nos permiten ya adelantar dos de las razones por las que valientes y maldecidos cineastas deciden prolongar exhaustivamente sus criaturas: para abarcar un mayor número de etapas y conflictos dramáticos y/o para visualizar lo que normalmente transcurre en elipsis. Intolerancia podría ser un buen ejemplo de lo primero mientras que Avaricia podría servir para ilustrar lo segundo. Sin embargo, en Norte, the End of History (Norte, hangganan ng kasaysayan, 2013), criaturita en este caso de unas cuatro horas de vida, cabe sostener que no ocurre ninguna de esas dos cosas.

La nueva e importante película de Lav Diaz fue presentada en el pasado festival de Cannes, en su sección Una Cierta Mirada, de la que desafortunadamente se fue sin premio pese a la fuerte admiración que suscitó entre la crítica. Algunos sostenían que debería haber formado parte de la selección principal, sin que su duración fuese un argumento en contra pues la cinta que después se alzaría con la Palma de Oro alcanza las tres horas. Diaz es al fin y al cabo un cineasta contrastado en el circuito y reconocido por la paciencia y la reflexión que imponen sus películas, siendo esta última una buena muestra de ello. En ella se nos narra la historia paralela de dos hombres: un filósofo con ideas revolucionarias violentas y un pobre y escayolado padre de familia, injustamente condenado éste por un doble homicidio que ha cometido el primero. A estos dos personajes se une la tranquila mujer del segundo, cuyos hijos dependen aun más de ella tras el encarcelamiento de un marido que antes de sufrir esta desdicha tampoco aportaba demasiado al menaje familiar. El cineasta filipino nos muestra pues la evolución personal de estos tres seres humanos, pasando de uno a otro de una forma medida y pausada. Pero este aparente sosiego esconde turbaciones internas solo parcialmente reveladas (a través por ejemplo de las exaltadas y pedantes conversaciones del filósofo con sus amigos estudiantes o mediante el comportamiento beatífico del convicto resignado), así como un desarrollo de personajes inesperado y paradójico, dándole la vuelta a sus temas de crimen, castigo y perdón.

Con todo, lo más llamativo de la película es la mezcla de esencialidad y complejidad de su trama. Por un lado la historia cuenta con apenas tres personajes relevantes y las dinámicas que los impulsan son lógicas y sencillas. La película dura cuatro horas, sí, pero tiene menos de una decena de decorados principales y una progresión secuencial que puede dividirse en unos pocos y claramente identificados puntos de inflexión. Parecería entonces que Norte pertenece a esa segunda categoría de películas largas, en las que las acciones más anodinas o los planos más descriptivos se dilatan en el tiempo. Pero aunque efectivamente su ritmo es lento, este filme no se recrea realmente en tales pasividades, sino que casi todas sus escenas están movidas por un propósito humano activo y significativo. En otras palabras, se trata de un trabajo peculiar por su capacidad de extender el metraje en momentos insospechados y sin que se note demasiado. Además, aunque la trama es muy básica, su complejidad trae causa de los inteligentes y profundos diálogos de sus personajes y de unas últimas imágenes simbólicas que otorgan otro tipo de interpretación a lo que se ha visto hasta entonces.

La combinación de ambas intenciones provoca que la película se vaya creciendo a medida que transcurre su metraje. Es oportuno señalar que el montaje corre a cargo del propio Diaz, por lo que no hay nadie a su lado que le imponga aligerar o prescindir de parte de lo que ha rodado. Consecuentemente, el resultado se corresponde al 100% con la visión del director pero sufre igualmente de cierta petulancia inexperta y de algunas irregularidades y brusquedades concretamente en lo que a dicho montaje respecta, como la corta y extraña sucesión de planos posterior al largo y uniforme debate inicial entre el filósofo y dos compañeros. Aunque, por otro lado, este detalle se une a una planificación técnica progresivamente madura y precisa y a una estética progresivamente llamativa y absorbente para evitar todo aburrimiento. Viendo el conjunto parece efectivamente que Diaz supera algunas dudas iniciales para dibujar un fresco cada vez más rotundo del destino que recae sobre esos dos hombres y esa mujer. Los tres son interpretados respectivamente por Sid Lucero, Archie Alemania y Angeli Bayani con acertada introspección, aunque también se ven a menudo reducidos a patéticas marionetas manejadas por los finos hilos del director. Por tanto, se persigue un efecto literariamente trágico que no introduce argumentos realmente novedosos pero que altera nuestra manera de entenderlos, desafiando ya no solo algunos de los parámetros más externos de una película sino también algunos de los más internos. ★★★★★

Advertisements