Jesus Cortes

El pasado 5 de enero el alcalde de Datu Unsay, un pequeño pueblo del interior de Maguindanao, al oeste de Filipinas, se declaró inocente de los 41 cargos por asesinato que le imputa la Fiscalía sobre los hechos ocurridos el 23 de noviembre de 2009. Ni las pruebas fotográficas ni las videográficas aportadas que lo vinculan con la masacre han servido, de momento, para encontrar un culpable. La historia de siempre.

En 2008, Lav Diaz, nativo de la misma provincia, en una inquietante combinación de voluntad por restituir la verdad y anticipación a lo que estaba (y me temo que, por desgracia, está) por venir, rueda Melancholia, su filme más combativo.

El cine de Lav Diaz, a quien la prensa ha acabado agrupando con sus brillantes jóvenes compatriotas Raya Martin y Kahvn de la Cruz (a los que dobla la edad) o los más irregulares o dispersos Brillante Mendoza, Auraeus Solito o Jeffrey Jeturian en una nueva ola (la segunda que nos llega tras la de los años setenta y ochenta encabezada por los Bernal, Brocka, O´Hara, Gallaga, De Leon o Castillo) del cine de aquel país, es difícilmente clasificable ni asimilable a corriente alguna. Es one of a kind.

La sorprendente evolución de su obra (Lav comenzó a dirigir cumplidos los cuarenta años, en 1998), en la que hay desde películas en color como la “futurista” Hesus, the Revolutionary (Hesus rebolusyonaryo, 2002) (1) -que ya anuncia su sorprendente filiación musical con la banda sonora de The Jerks (2)- hasta filmes en un fantasmal blanco y negro famosos por su extenso metraje, le ha situado en una solitaria vanguardia (paradoja: defensores y detractores coinciden en que su cine parece primitivo, bobinas recuperadas de otra época) en la que no necesita más que mirar de reojo hacia atrás para proyectarse en el futuro con extraña clarividencia.

Melancholia es una cumbre en su trayectoria no tanto por el tema que trata (de esos considerados “importantes” y que suelen atraer a advenedizos prestos a aprovechar cualquier coyuntura para llamar la atención), sino porque es el filme más balanceado y diáfano que ha rodado, no el que aglutina todo lo que le interesa (le falta humor, un punto destacado por ejemplo en Batang West Side de 2001), pero sí el que posiblemente mejor descubre los mecanismos de su métrica cinematográfica, que no está basada como apriorísticamente pueda pensarse en la espera y la quietud, el paisajismo y el circunloquio, sino en una acumulación de texturas contrapuestas que dialogan entre sí, se solapan y conforman un complejo retrato de un grupo de personajes durante un determinado periodo de tiempo.

Cada plano es una ventana, que bien puede abrirse tras una insospechada elipsis de la que debemos cerciorarnos pasados unos minutos o un flashback al pasado que trae las claves de lo que se nos acaba de relatar o de lo que está a punto de suceder. Algunos de estos intercalados se cuentan entre los momentos más hermosos que ha dado el cine en los últimos años: aquí brillan con especial fuerza varios y especialmente dos, el encuentro de la (falsa) prostituta Roberta con la mujer del puesto callejero, que le da cobijo, plena de humanismo (una frase, “para mí todas las personas somos iguales”, vaciada de sentido por tantos hipócritas, adquiere un valor casi épico) y el breve episodio de la “niña de la lluvia”, que jugaba en los días de tormenta a la puerta de su casa, convencida de que el temporal traería de vuelta a sus padres desaparecidos, un interludio con el que no hay que hacer esfuerzo de evocación y entornar los ojos: es realmente digno de Griffith o Mizoguchi.

Melancholia, quizá por primera vez en su carrera, y yendo más allá que Heremias (2006) y Death in the Land of Encantos (Kagadanan sa banwaan ning mga Engkanto, 2007), para retomar el pulso de la impresionante Evolution of a Filipino Family (Ebolusyon ng isang pamilyang Pilipino, 2004), consigue ser una unidad a todos los niveles: los diálogos (los mejores que ha tenido), las interpretaciones… y sobre todo el pulso narrativo, que invita y obliga a ir de la mano ahora con calma, ahora como un relámpago, para poder llegar a penetrar en toda la intrincada e imaginativa historia que cuenta, también la más poética (sin que haya “profesionales” del medio como en Death in the Land of Encantos, su anterior filme) y amplia que nos ha traído.

La misteriosa parte final del filme, que hubiese encantado a Sam Fuller, con los guerrilleros huyendo de un enemigo invisible para casi enloquecer y la vuelta al presente, en una inhumana Manila, traen el preludio y la consecuencia de lo que hemos visto. Cómo se añoran los silencios cómplices encontrados junto a un extraño, la alegría por poder haber hecho algo bueno por alguien, las esperas en la lluvia y las canciones en esos escenarios y qué valor adquieren en el recuerdo cuando -también nosotros- nos damos cuenta de que allá en el anonimato de sus personajes (esta es una de las grandes películas que se han hecho sobre las metamorfosis y los cambios de identidad), se agotaba su sentido, que eran parte de la representación y que volver a ser uno mismo no soluciona absolutamente nada.